El recorrido, extenso hasta el horizonte, generalmente lejano, tendido como una gran manta, revela una pequeña hebra que cruza, como un surco en medio del campo, a través de los cerros, por la llanura. No hay avistamiento alguno del paraje ni de las casas que lo rodean, así como no lo hay del recorrido ya pasado, sólo se ven los árboles que se acercan, la muchedumbre de zacate a la expectativa y algún conejillo o pájaro atravesando casualmente, luego de forma apresurada, por la pista. Desde luego, no es raro encontrarse con otros viajeros en el camino, andándolo o desandándolo, pero nada más.

En el suelo, acompañando cada movimiento, jugando con las caprichosas formas diluidas ante él, la sombra avanza entre matorrales, se desdibuja y se reconstruye sin cesar, forma parte de la grava, de la tierra convertida en rayas que la marcha tira y estira, como una pintura fresca tallada con el dedo. Qué sería el viaje sin tales efectos, los pies que giran y giran, impulsados por las piernas, coordinados y constantes, rápidos. Y hablar de velocidad es sólo un decir, es suficiente con mirar lo que acontece allá abajo, al costado, por encima del hombro o al frente, para comprender de lo que venimos diciendo.

Mientras uno pedalea es trabajo difícil concentrarse, únicamente, en el esfuerzo y el movimiento que va haciendo, no porque tal atención sea complicada, y en rigor también lo es, sino porque pone en claro, una y otra vez, el cansado trabajo, la larga, larga, trayectoria que las llantas dibujan por acción y efecto del pedaleo, de los músculos que contraen y aflojan, la sangre que va y viene, el aire que se agota, falta el aliento, la respiración se agita. Es difícil, pues, sólo pedalear, sólo ser el pistón, el motor, la máquina. La fuerza sin sentido vale para lo que el rey sin justeza, ejemplo un tanto burdo éste, y, por fortuna o infortunio, el sentido no es asunto tan preciso ni conciso como aveces la justeza se antoja.

El viento es un zumbido que recorre la piel, inunda el cabello. En ese momento no se puede pensar mucho. Es el viaje y sólo éso. Gracias a una conjunción de acción y esfuerzo, y percepción, el camino es ligero. Los pies, los mios y los de mi sombra, revolotean, corren hacia la frontera de mi mirada, por otra parte siempre cambiante, esperemos, y ese límite, así llamado de manera injusta, se proyecta hacia sí mismo y se deja apreciar, respira cuando yo respiro, camina como yo navego, busca llegar y me encuentra, una vez más, cuando ya lo miro, en la plenitud, otra vez, y sigo pedaleando, sopla el viento, y mi sombra vuelve a inventar un juego, un momento más, en el paisaje.

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