Se imagina que va dentro de la nube, una sucesión de giros y ondulaciones que parecen desordenadas, a simple vista. Va perdido dentro de ese viaje quimérico, es preciso decirlo, desde que comenzó a batirse entre los arbustos, subió por las copas de árboles serenos, donde no había, hasta hace unos momentos, como muchos otros, más que un escenario común y cotidiano. Se enreda fácil y clara la liviana mancha, parece brotar de cualquier parte mientras el viento la pronuncia, la agita, la vuelve esencia giratoria, se vuelve el giro que es.
Detrás de la ventana, mirando, se da cuenta de que es perseguida, allá arriba, marcando quiebres repentinos y agudos. Conforme avanza y se vuelve a perder por un suspiro, por un ya casi, estuvo cerca, es causa de alegría ver que el intento fue incierto, que el movimiento no ha dejado una parte de su marcha atrás, aunque lo súbito aun puede acontecer, tan súbito como aveces ocurre, tan súbito que es proceso largo darse cuenta, muchas veces, de que ya ocurrió. Pero ahora no entiende, hay algo extraño, y el perseguido vuelve a dar una voltereta, el perseguidor responde, hábil, al cambio, el ojo ha marcado al objetivo, el pique es directo, preciso, la colisión será limpia y rápida, como en la tele, y, ahora sí, lo que es común pasará, lo que, se suele decir, es la ley de la vida. Y nada pasó.
Ahora el grupo es uno solo. Es mayor la alegría, mayor que aquella ya mencionada, al ver que todo era una confusión. Muchos sustos suceden, al igual que muchas alegrías e incontables premios y cumplidos, también pesares, disgustos, reprimendas, odios y hasta guerras, no sólo por hacer esto dramático sino para terminar rápido la lista, y porque no es mentira, a una convicción anticipada sobre lo que habría de pasar: lo va a atrapar, lo tiene, ya lo vio, ahí va, ya casi. No pasó nada porque el cazador, además de no ser convincente con su técnica, mostró muy pronto su verdadera cara y se dio cuenta, él, mirando desde la ventana, de que era un compañero más, solamente estaba buscando unirse a la nube, estar dentro de ella.
Recordó que ya se había imaginado desde un principio, aquí, contemplando, que también él estaba allá arriba, formando parte de lo que el viento dio al suelo como un afortunado obsequio, común y cotidiano, pleno y renovador, feliz. La ventana estuvo ahí en el momento oportuno, volvió a mostrar la lejanía de todos sus días, el laberinto circular que suele girar sobre su pintura, y estuvo aquí cuando todo ocurrió. Siguió mirando, se dejó ver por más tiempo en el interior de la nube, las alas con las alas, agitándose, girando como una de ellas. Sintió su propio aleteo, su impulso, su colección de postales únicas en cada momento, su mirada izquierda y su mirada derecha, arriba y abajo, los techos, los patios y las ramas. Se aproximo un poco más a la ventana para ver nuevamente el gran espacio y la espiral, dejó una imagen para el recuerdo, regaló una sonrisa para la ventana, sin darse cuenta, y se fue pensando que valía la pena hacer algo sobre esto.

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