Generalmente se empieza por saber qué es lo que uno quiere escribir, el tema. Lo que me ha puesto en dudas este día es la manera de iniciar el escrito; si se empieza por el contenido o por la forma, si ha de darse a conocer, uno mismo, el título o el argumento en primera instancia, el párrafo primero o el concluyente, su última frase.

Mi caso es impreciso. Unas veces empiezo por escribir los párrafos, sin saber todavía qué título los ha de introducir, les ha de determinar una primera impresión, comprometiendo todo su sentido, incluso; otras veces ideo un título, hasta me atrevo a escribirlo, pasan días, varios días, y no tengo la más remota impresión de lo que ese título quiere nombrar, no siembra más palabras en mi espíritu que aquellas cuya combinación lo hacen algo, una frase, casi vil, aunque tenga la intuición de un tema oculto, glorioso, actual o interesante. Tan engañoso es esto.

Un caso contrario, por ejemplo, es el título para este escrito. Hace unos mínutos no me imaginaba escribiendo algo que tuviera que ver con títulos y párrafos y significados, órdenes y secuencias, ni siquiera me proyectaba, en ese pasado próximo, aunque al mismo tiempo inalcanzable, pues del tiempo formó parte y es de lo que está hecho, como la memoria, escribiendo para este preciso momento. Es decir, soy sincero, no sabía que algo iba a escribir, y sigo sin saber qué más he de escribir. Ya me doy una idea de esto y de aquello, pero siento que son las palabras las que me guían, me figuro como si así fuera. Decía que el título de este escrito es mi ejemplo; no conozco aún las palabras que deberían aparecer al principio, dos o tres, cuatro, esa conjunción de morfemas y lexemas que logren el sentido apropiado para el resto, sentido del cual me han hecho víctima y, por ello, quisiera poder presentar ante el lector.

Pero no lo encuentro. El título para esto está tan perdido como la siguiente oración, sólo vislumbro sus aristas, no todas, de hecho, tampoco su color o su tamaño. Cuando termine tal vez piense dos o tres minutos para averiguarlo. A veces pasan dos palabras, en los últimos párrafos, cuyo conocimiento, de que son los últimos, también me es revelado de forma inadvertida, y de repente, cuando menos lo esperaba, ahí está, concebido, el nombre para nombrar a todas las oraciones juntas. Lo que estoy diciendo, pues, es que probablemente no soy bueno como escritor ordenado, que no escribo con plena conciencia de lo que voy a hacer, sin sistema y sin planeación.

No siempre. También las hay, redacciones mías, que fueron concebidas a la manera de una buena receta, sabiendo desde un principio lo que deseaba obtener, un pastel, por ejemplo, el más típico, por cierto, un pastel de crema de cacao con nueces, un rico baño de tres leches bien preparadas, crema untada en sus paredes internas, atrapada hasta el momento de ser comida, atrapada otra vez. Pastel de crema de cacao, se hace con esto y con esto otro, y se hornea y se deja reposar, úntese suavemente los ingredientes, en muy resumidas cuentas. Quizá mis escritos no sean tan buenos como delicioso, yo creo que sí, mi ejemplo, pero esto ilustra, tengo la esperanza, lo que quiero decir.

Volviendo a lo iniciado, me doy cuenta de momento que tal vez muchos escritos son así. Pienso que es bueno anticipar las palabras, pero a veces debe ser un buen ejercicio dejar que las mismas se entreveren, se intrinquen, escribiéndolas como aparecen cuando parecen venir de ninguna parte, por mera generación espontánea, casi. Con orden o sin él, las frases se van componiendo, construyen un significado, me sugieren una manera de continuar y un nombre. Al final o al principio, me atrevo a decir que es una cuestión secundaria, más no irrelevante, sobre todo cuando se quiere hacer algo sistemático, la del orden de la escritura. Será necesario practicar el ejercicio de la planeación, conocer sus reveses y sus frentes, sí, pero también será vlioso encontrar algún sentido en donde antes no lo había.

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